Cuando el silencio dijo mucho (Por allá)
En el Callao, a espaldas del Aeropuerto Internacional Jorge Chávez, frente a la, carretera, Av. Néstor Gambetta. Desde el uso de razón de mi abuelo (84+), mi abuela (85+), mi madre (54), y yo (24), habitan miles de personas -quizá más- en distintos fundos como Bocanegra, Taboada, Hacienda San Agustín, entre otros, ahora están siendo separados de sus tierras, de sus casas, que durante muchísimos años trabajaron, para agrandar el aeropuerto, y construir edificios y todo eso que da plata... Como cuando el hombre llega al bosque para matar al oso... ¿y los pequeños, los que no tienen donde ir, los que no saben cómo defenderse, y ellos? Por ellos, esto.
"Como cuando el silencio dijo mucho", le dije. En el huerto, en el campo, en la chacrita del abuelo, ni el viento ni el mugir de las vacas me despertaban a las cuatro de la madrugada, cuando el reloj altera las mentes con su tic tac del corazón. Todo hacía confirmar que se habían marchado, todo hacía suponer que quedaban pocos. Los pajaritos ya no cantaban la sinfonía de la despedida de Haydn y el viento se quedaba helado, petrificado, sin parada y sin morada, sin mover las ramas y las sábanas de mi cama. El viento ya no corría-tenía miedo al desierto-, el viento ni siquiera caminaba, el viento ni siquiera se movía. Sereno, tranquilo, sentado en su silencio. No lo dejaron ser, ni siquiera a él, lo dejaron sin juego, sin amigos con quien hacerlo. Ya no hablaba. La higuera secó- y los duendes renegaron- la palta perdió su color-y sólo las pepas colgaron- el pasto ya no servía para pastear, el pozo tenía agua pero a quién se lo iba a dar, las asequias eran otros caminitos mas que conducían al país de nunca jamás. Por eso el viento ya no quiso hablar. Ni pio. Mudo, atado, cojo, descuartizado.
Las seis de la mañana ya no eran matutinas, la señorita Seis De La Mañana ya no quería amanecer: ¿Para qué? ¿A quién voy a despertar?- ¿A la casa sin hogar? ¿Al techo sin esteras? ¿Al cerco sin pradera?- ¿A quién? Y no se despertó, siguió durmiendo, tic tac tic tac... como cuando pasa la vida: Durmiendo, durmiendo en ese silencio del campo, del huerto, del cuerpo, en la chacrita del abuelo. Donde ya no respira el viento, lejos de la pista, por allá, atrás del aeropuerto. Por allá, donde los niños ya no hacen travesuras cogiendo el estiércol, por allá, donde los caballos ya no hacen carreras con el viento. Por allá, donde los hombres de chaleco naranja por fuera y alma negra por dentro, con sus enormes palas se llevan las casitas y muchos años de esfuerzo, por allá, a espaldas del aeropuerto, donde el silencio no es silencio, por allá donde las seis de la mañana ya no quiere despertar junto con la vida, por allá donde el gramalote cubrirá el sueño, por allá don la ortiga envolverá a la rosa. Por allá, donde después de abrir los ojos y cerrar la mente veremos gigantes de concreto, tez de colores y bolsillos llenos de euros... ¡Por allá, por allá, por allá...! El silencio dijo mucho cuando no quería hacerlo.
"Como cuando el silencio dijo mucho", le dije. En el huerto, en el campo, en la chacrita del abuelo, ni el viento ni el mugir de las vacas me despertaban a las cuatro de la madrugada, cuando el reloj altera las mentes con su tic tac del corazón. Todo hacía confirmar que se habían marchado, todo hacía suponer que quedaban pocos. Los pajaritos ya no cantaban la sinfonía de la despedida de Haydn y el viento se quedaba helado, petrificado, sin parada y sin morada, sin mover las ramas y las sábanas de mi cama. El viento ya no corría-tenía miedo al desierto-, el viento ni siquiera caminaba, el viento ni siquiera se movía. Sereno, tranquilo, sentado en su silencio. No lo dejaron ser, ni siquiera a él, lo dejaron sin juego, sin amigos con quien hacerlo. Ya no hablaba. La higuera secó- y los duendes renegaron- la palta perdió su color-y sólo las pepas colgaron- el pasto ya no servía para pastear, el pozo tenía agua pero a quién se lo iba a dar, las asequias eran otros caminitos mas que conducían al país de nunca jamás. Por eso el viento ya no quiso hablar. Ni pio. Mudo, atado, cojo, descuartizado.
Las seis de la mañana ya no eran matutinas, la señorita Seis De La Mañana ya no quería amanecer: ¿Para qué? ¿A quién voy a despertar?- ¿A la casa sin hogar? ¿Al techo sin esteras? ¿Al cerco sin pradera?- ¿A quién? Y no se despertó, siguió durmiendo, tic tac tic tac... como cuando pasa la vida: Durmiendo, durmiendo en ese silencio del campo, del huerto, del cuerpo, en la chacrita del abuelo. Donde ya no respira el viento, lejos de la pista, por allá, atrás del aeropuerto. Por allá, donde los niños ya no hacen travesuras cogiendo el estiércol, por allá, donde los caballos ya no hacen carreras con el viento. Por allá, donde los hombres de chaleco naranja por fuera y alma negra por dentro, con sus enormes palas se llevan las casitas y muchos años de esfuerzo, por allá, a espaldas del aeropuerto, donde el silencio no es silencio, por allá donde las seis de la mañana ya no quiere despertar junto con la vida, por allá donde el gramalote cubrirá el sueño, por allá don la ortiga envolverá a la rosa. Por allá, donde después de abrir los ojos y cerrar la mente veremos gigantes de concreto, tez de colores y bolsillos llenos de euros... ¡Por allá, por allá, por allá...! El silencio dijo mucho cuando no quería hacerlo.
